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sábado, 22 de septiembre de 2012

Anidando (otra vez).


Hace casi exactamente un mes nos mudamos a nuestro departamento nuevo y junto con la mudanza llegó un repentino impulso por limpiar y arreglar todo lo que encontraba en mi camino. No sé si fue la emoción del nuevo hogar o si es verdaderamente el llamado instinto de anidamiento pero la realidad es que las semanas siguientes a nuestro cambio de departamento he estado hecha una total ama de casa, casi compulsiva.

Para ser sincera, de los quehaceres domésticos, el que menos me gusta es limpiar. Puedo lavar, planchar, cocinar y lavar platos sin ningún problema pero limpiar es una cosa que no me gusta para nada y, por lo general, doy mil vueltas y busco mil excusas antes de empezar a hacerlo (para luego darme cuenta que en verdad no me demora tanto ni es tan difícil y pesado y prometerme que la próxima vez lo haré sin tantos rodeos… y la siguiente vez me hago las mismas bolas otra vez…y así sucesivamente). Sin embargo estas últimas semanas (con excepción de unos cuantos días, luego les cuento por qué),  he estado llena de energía (más que de costumbre diría), haciendo todo más feliz que nunca. Casi podría decir que disfrutaba planchando y hasta limpiando.

En estos días, he lavado todo lo que se me ha cruzado (incluyendo todos los peluches  -que no son e Giulia sino míos-, alfombras de baño, es más, poco me faltó para meter en  la lavadora también a Alberto),  he colgado cuadros como loca (sin esperar a que llegue Alberto para ayudarme), al punto que casi rompo dos por desesperada (justamente por no esperar a Alberto), he comprado todas las pequeñas cositas que siempre hay pendientes en una casa, desde un martillo (porque si no no podía colgar mis cuadros) hasta las telitas que se ponen debajo de las patas de las sillas para que no suenen cuando se mueven. Me paseé por todas las tiendas de niños (si, otra vez) y por sus versiones online para buscar la cuna que mejor quedaba en el cuarto de Giulia (mejor dicho que entrara) e ir viendo qué decoración le iba a poner. He estado imparable… con excepción de los días siguiente al “incidente de la cuna”.

Como dije, una de las cosas que ocupaban mis días (eso pasa cuando una no trabaja) era la búsqueda de una cuna práctica y bonita que al mismo tiempo entrara en el reducido espacio del cuarto de Giulia. La parte de la practicidad era fundamental porque por las dimensiones del cuarto, no van a poder entrar muchos muebles. Así encontramos una cuna que ya venía con cambiador incorporado y que tenía cajones y puertitas para guardar cosas. Justamente por el tema del espacio (y como consecuencia de mi repentino interés por todo lo doméstico), medí el cuarto de la bebe “n” veces y desde todos los ángulos (y no sólo el cuarto de la bebe, me la he pasado midiendo toda la casa, mi metro se ha vuelto mi mejor amigo, de hecho hasta lo tenía en mi cartera) para asegurarme que la cuna entrara (para ver si pasaba por las puertas, si se podía traer ya medio armada, etc.)…y, según yo, entraba, con las justas pero entraba.

Con la seguridad que me daba mi huincha, compramos la cuna. Cuando vinieron a ponerla, los señores de la mudanza, a la hora de armarla, me dijeron que no entraba donde yo decía y, como yo ya estaba molesta con ellos porque habían sido un desastre (me arañaron la puerta, no protegían la cuna al momento de armarla, etc.), les dije que la armaran donde quisieran pensando en que luego Alberto y yo la poníamos donde queríamos. Grande fue mi sorpresa/desilusión/trauma cuando nos dimos cuenta que la cuna no la podíamos girar sin desarmarla por el poco espacio del cuarto, por la presencia de la calefacción en un lado de la pared y, sobre todo, por el techo mansarda de la casa que, por su inclinación, no deja que la cuna de la vuelta. En ese momento casi colapsé, es más, sin casi, colapsé. Me entró el pánico de que quizás había medido mal y que, si en verdad había medido mal, la cuna no servía para ese cuarto y había que venderla (les juro que no era capricho ni irracionalidad de embarazada, en serio, la cuna no tenía sentido en ninguna otra posición que la que yo decía). Al final, la aventura de la cuna concluyó conmigo cerrando la puerta del cuarto de Giulia, deprimida en mi cuarto, tristísima porque soy una burra que no sabe medir y porque por eso la cuna no entraba (lo admito, hasta lloré de pena).

La parte que si reconozco fue un poco irracional fue que no quise abrir la puerta del cuarto de Giulia por una semana, de hecho, creo que fueron 10 días. No quería ver la cuna en el lugar que no era ni volver a medir el cuarto para no saber si en verdad me había equivocado o no (yo la verdad veía poco probable haberme equivocado luego de haber medido TANTAS veces, tendría que de verdad haber sido bien burra). La cuna casi se volvió un tema tabú (aunque Alberto de vez en cuando se burlaba de mí y de mis habilidades de “medidora” de espacios) y lo borré de mi mente por varios días (ya ni mis amigas me preguntaban por la cuna). Lo que si hice ni bien se fueron los chicos que la armaron fue quejarme con su jefe por el pésimo servicio, contándole lo que había pasado a lo que él se ofreció a mandarme, cuando yo quisiera, a dos chicos para que me la desarmen y vuelvan a armar donde yo quiera (porque además, la habían armado mal).

La famosa cuna

Al final, luego de 10 días y con un viaje a Italia de por medio, volví a abrir la puerta y Alberto y yo (justo para tener un testigo) medimos juntos el cuarto y decidimos que efectivamente la cuna entraba y llamamos para que nos la vuelvan a acomodar. ¿Y qué creen? ¡Pues que la cuna entró (por literalmente un centímetro, pero entró)! Les juro que, aunque ya luego de medir el espacio con Alberto me había vuelto un poco el ánimo doméstico y ya había empezado a limpiar otra vez, sólo volví a ser una mujer verdaderamente feliz cuando los señores me dijeron que la cuna entraba y me pidieron disculpas (otra vez) por el mal servicio que me habían dando antes. Desde ese momento volví a entrar en “modo anidación” y otra vez no he parado de hacer cosas (ni de planear las cosas que haré la semana próxima).

Es curioso como la naturaleza sabiamente te da las fuerzas, las ganas y la energía necesarias para hacer todo lo que tienes que hacer para que todo esté listo para la llegada de un hijo. Yo se que aún falta para la llegada de Giulia y de hecho hasta me han dicho que por qué me apuro si todavía me queda tiempo. Y es cierto, todavía hay tiempo, pero la realidad es que prefiero avanzar lo más posible ahora que puedo porque nadie sabe cómo serán los últimos meses (de hecho sólo faltan dos y medio), ni cómo me sentiré, ni si estaré muy pesada y lenta o muy cansada o hasta quizás con dolores de espalda. Por otro lado, como me dijo una amiga, hay tantas cosas que están fuera de mi control al final del embarazo, -como por ejemplo el momento en el que daré a luz, la duración del parto e incluso muchas de las pocas cosas que sé que quiero en el día del nacimiento de Giulia pueden no salir como me gustaría (como que el parto natural se convierta en cesárea o que no pueda hacer todas las cosas que he aprendido en mi clase de yoga para ayudar con las contracciones porque me tengan que poner algún medicamento, etc.)- que al menos estas que puedo controlar y que dependen de mi, quiero hacerlas bien y como me gusta (y soy completamente consciente de que todas estas cosas que puedo controlar son más para mí que para Giulia porque definitivamente ella no se acordará de cómo era su cuarto cuando nació ni si tenía cenefa rosada o móvil colgando de su cuna).

miércoles, 29 de agosto de 2012

Alberto ya quiere que dé a luz.


Hoy tuvimos nuestra cita para la ecografía 4D. Fue muy lindo ver a Giulia con tanta calma y con tanto detalle y poder saber cuánto mide y cómo está creciendo (a mi me encanta que me digan números para luego comparar con mi libro…si, lo sé, soy una pesada). Ella está súper bien, es un poquito más grande de lo que corresponde a su edad pero la verdad, salvo que me digan que no creció nada o que está muy por debajo del promedio, ya no me preocupa que no sea la bebe más grande del universo (¡he madurado con los meses!). De hecho, como me dijo una amiga, mejor que no sea tan grande así el sale más fácil el día del parto. La buena noticia del día es que el parto ya puede ser natural porque al crecer mi útero la placenta se subió y ya no hay riesgo de placenta previa (léase, ya no está bloqueando la cérvix).


Hace mucho que no escribo dos post tan seguido pero hay dos cosas que me llamaron la atención de hoy. Una sobre mi y una sobre Alberto (y me pareció importante tener un poco del punto de vista del papá).

Sobre mí: Horas antes ir a la ecografía, escribiéndole un mail a una amiga, le dije –y en verdad lo pensaba y sentía en ese momento- que, aunque todo el mundo me había dicho que cada vez me emocionaría más y más con la idea de las ecografías y de ir a ver a la bebe, yo no sentía eso. Lo esperaba con más ansias antes que ahora.

No me malentiendan, claro que voy feliz a mis consultas y ni bien salgo de una saco mi cita para la siguiente y me encanta ver a Giulia y me da cólera cuando no la veo lo suficiente o cuando no me dicen cuánto mide o cuando no le toman una foto bonita o cuando no me dan un video (como en la consulta anterior) pero ya no tengo esa ansiedad que tenía antes, ni cuento los días que faltan con tanta desesperación. Mi teoría es que antes sentía la necesidad de verla porque era la única forma que tenía de constatar que estaba ahí…y que estaba bien. No había ni panza, ni nauseas, ni patadas ni nada. Sólo unos cuantos kilos de más (que, seamos sinceras, ha sido un problema que he tenido siempre, ¡desde que tengo uso de razón!) y las fotos de las ecografías que guardo en mi agenda (y el test de embarazo positivo que, lo admito, tengo guardado también).

Ahora es diferente. Ahora me despierto todas las mañanas y lo primero que hago es verme la barriga, ver si ha crecido, si está más arriba o más abajo que el día anterior. Cuando me visto tengo que ver qué me pongo que me quede bien y conforme pasa el día voy viendo cómo cambia la forma de la panza también. Durante el día, sobre todo en la tarde y aún más en la noche que es cuando estoy más tranquila, siento que Giulia se mueve y a veces hasta lo puedo ver desde afuera. Hoy incluso me desperté sintiéndola. Ya no necesito verla en la pantalla para saber que está ahí y que está bien, ahora yo se que está bien.

Sobre Alberto: Resulta que Alberto ya quiere que dé a luz. Ayer que leyó mi post (lo leyó igual que el resto, normalmente no se los enseño antes) no me dijo nada, sólo que le gustó. Pero hoy que salimos de la consulta, luego de hablar con mi suegra (y que me dijera que seguro me moría de ganas de tener a Giulia conmigo –ella no lee el blog porque no habla español- y que yo le dijera que no tanto), Alberto me dijo que él si quería que ya diera a luz. De un lado me sorprendió pero del otro entiendo perfectamente (y de hecho, me acordé del caso de una amiga mía que me había dicho que a ella le pasó lo mismo con su esposo). Para él no es tan divertido que esté adentro mío (seguro si estuviera adentro suyo tampoco sería tan divertido como es para mí porque se estresaría más de lo que me estreso yo pero al menos la sentiría, ¿no?). Aunque yo le aviso cuando se mueve para que ponga la mano o voltee a mirar -parece que Giulia tiene un poco de pánico escénico y la mayoría de veces que sabe que su papá la está tocando o mirando deja de moverse-, le cuento todo lo que siento y trato de hacerlo participar en todo (quizás hasta más de lo que él quisiera porque sospecho que todos los datos curiosos que le cuento no le interesan tanto como a mí), para él esto del embarazo no es como para mí (obviamente). Él quiere ver a su hija en vivo y en directo, quiere conocerla porque es su única forma de sentirla y de acercarse a ella, de empezar a tener una relación, quizás hasta de empezar a quererla. Y tiene sentido.

Le pregunté también sobre las ecografías y si su emoción por ver a la bebe había aumentado o disminuido con el tiempo y me dijo que siente lo mismo que antes, que su mayor miedo en cada cita es no sentir el corazón que late y me repitió que él la preferiría ya afuera. 

martes, 28 de agosto de 2012

No quiero dar luz…


Van pasando los días y cada vez que veo mi Plan Prenatal (el que me dieron en la clínica cuando empecé a atenderme con ellos) me doy cuenta que me quedan menos y menos citas y que ya estamos al final de la página (aunque en realidad todavía no termino el segundo trimestre, la cantidad de exámenes bajan) y la verdad no me gusta mucho la idea.

Yo no quiero dar a luz. Al menos hoy no quiero ni un poquito. Muchas me dicen que en 2 meses y medio más cuando me pese todo voy a estar desesperada por que “me saquen” al bebe de adentro pero la verdad es que en este momento no puedo ni imaginarme cómo será sentir eso, estoy TAN bien como estoy.

Son varias las razones por las que no quiero dar a luz. La primera y más obvia es porque ¡me siento súper bien! Si antes me sentía bien, ahora me siento aún mejor. Definitivamente el segundo trimestre es mejor que el anterior. Ya no me cae tan pesada la comida (excepto si como carne roja muy tarde, ahí si me quedo despierta toda la noche), no siento languidez ni acidez ni nada, ahora si se me ve 100% embarazada (desde hace poco en realidad, hasta hace un par de semanas podía pasar tranquilamente por gordita dependiendo de la ropa), la gente es amabilísima conmigo, todos me engríen más que de costumbre (incluyendo a Alberto), ¡todo es una maravilla!

La verdad, yo podría vivir embarazada TODA mi vida (asumiendo que todos mis embarazos fueran como este…y tengo la esperanza de que así será el siguiente -y último- porque ese fue el caso de mi mamá). Tengo la suerte de tener un embarazo modelo… ojalá todas las mujeres (y sus esposos) pudieran tener la suerte que tengo yo. Lo único que si noto desde hace unas semanas es que estoy más sensible en general, un poco más llorona quizás (especialmente cuando se trata de cosas relacionadas con niños) pero dejando de lado eso –y aún contando eso- no tengo nada de que quejarme.

Pero hay varias razones más por las que estoy feliz como estoy, razones que básicamente se resumen en una sola: NO ESTOY LISTA PARA TENER A GIULIA CONMIGO TODAVÍA. Y no estoy lista desde varios (o todos los) puntos de vista. Ni logísticamente, ni emocionalmente, ni físicamente (y seguramente tampoco en ninguno de los otros “mentes” que puedan haber).

Físicamente es obvio, todavía falta un poco más de 3 meses y medio de embarazo (¡felizmente!) y aunque desde el día 1 se ve como el cuerpo se va preparando para traer una vida al mundo (¡y yo sigo maravillándome cada día con cada uno de los cambios, las venas, la panza -¡amo mi panza!-, etc.!) ni yo ni Giulia estamos listas para el día del parto (pero ojo, sigo sin tenerle miedo a ese día, no quiero que llegue aún pero no le tengo miedo al parto). Así que en ese frente seguimos preparándonos. Seguimos con las clases de yoga prenatal, ya vamos a empezar las clases informativas prenatales en pareja a mediados de setiembre y seguramente tendremos una clase mucho más práctica sobre el final del embarazo con mi profesora de yoga. Pero la parte física es la que me preocupa menos, la naturaleza (y mis profesoras prenatales) se irán encargando de ayudar con eso.

La parte logística va avanzando pero no al ritmo que yo quisiera (aunque racionalmente sé que no hay ningún apuro y que hay tiempo de más). Por lo pronto ya nos mudamos (¡check!). Fue bastante fácil y, aunque la desempacada se hizo en “tiempos de embarazada” (léase, bastante más lentamente de lo normal), ya las cajas están vacías y salvo por pequeñísimos detalles como colgar los cuadros, digamos que estamos 100% instalados.

La lista de cosas que necesito para la llegada de Giulia va tomando forma. La versión original que hice, y sobre la que les conté en mi post anterior,  ahora está más completa. No porque haya incluido más cosas sino porque las cosas que tiene ya tienen más detalle. Poco a poco he ido visitando tiendas de bebes, hablando con amigas que viven acá (resulta que a veces es mucho más práctico y conveniente comprar todo –o casi todo- en el lugar en el que estás que mandarte a traer las cosas por más que creas que en otros lados son mejores o más baratas) y ya como que se está concretando la cosa. Debo confesar que esto de la lista ha sido más difícil de lo que suena –y de lo que pensaba que sería. Ir a ver tiendas de bebes no es tan divertido como yo creía. Cada vez que voy a una, en vez de salir emocionada y con ganas de comprarme todo, salgo completamente agobiada, espantada, no sabiendo qué decidir y, al final, ¡no queriendo comprar NADA NUNCA!

Aunque no pensé que fuera así, lo que más me calmó con el tema de la lista y las tiendas de bebes fue ir con Alberto a una el sábado pasado. Contra mi pronóstico, él estaba emocionadísimo con las cosas que veía. Claro, con las cosas que no nos sirven hasta dentro de un buen tiempo (como los asientos  para carro –que no tenemos- para niños de más de 1 año –que tampoco tenemos- hechos por no sé qué marca que diseña los asientos de los carros de formula 1 o los legos que forman ambulancias o camiones de bomberos que claramente dicen “5 años o más”).  A las cosas que si importan –léase las que necesitamos en el futuro cercano- ni bola les daba por más que yo le explicaba cuáles eran y para qué servían. Él todo lo simplificaba y me respondía que millones de mujeres en el mundo (y nuestras madres en el pasado) se embarazan, tienen hijos y los crían sin  ninguna de las cosas por las que yo me hago mil bolas. Y tiene razón (y eso que yo estoy tratando de ser lo más simple que puedo con relación a las cosas que quiero comprar). Tampoco es que pretenda (ni Alberto tampoco) tener y criar a Giulia como en el Medioevo pero la verdad es que tantas complicaciones mentales que me estaba haciendo son innecesarias. Desde que fui con él, he avanzado mucho más mi lista y decido las cosas sin darle tantas vueltas (los que me conocen bien saben que, si no fuera porque se necesitan TANTAS cosas, probablemente hubiera hecho una hoja Excel comparativa de cada tipo de saca leches, biberón, chupón, coche, etc.).

El cuarto es otra cosa que me traía (hasta hace unas horas) un poco agobiada/preocupada. Resulta que por sus dimensiones (como 6 metros cuadrados) y su forma (techo con mansarda inclinado y con la calefacción que ocupa buena parte de la pared más larga), que encima lo hace más chico de lo que ya es, es un poco difícil encontrar muebles que entren (al menos que entren sin que Alberto y yo -pero más Alberto obviamente- nos demos de cabezazos contra el techo cada vez que vayamos a ver a la bebe) y decoraciones que vayan con el poco espacio libre que tendremos luego de amoblarlo. Felizmente, luego de pasármela midiendo el cuarto una y otra vez desde ayer, y de ver las medidas de todos los muebles y decoraciones que hemos visto en tiendas y en internet, creo que ya podré dormir tranquila porque ya tengo una idea más clara de cómo lo voy a hacer.

Pero lo que más me atormenta de la famosa lista y del cuarto es que ambos siguen en el papel. Que avanzan y se completan los detalles pero yo sigo sin tener la cuna conmigo, ni la cenefa, ni los biberones ni nada…y aunque sé que nos sobra el tiempo, si por mi fuera, tendría todo ya puesto en su sitio para finalmente poder ponerle “¡check!” a todo y no pensar en eso nunca más.

Finalmente, respecto a la parte emocional, -díganme extraña o poco maternal- yo todavía no siento la necesidad de conocer a Giulia. Sólo una vez –cuando salí a almorzar con una amiga y su hijita de mes y medio- he sentido ganas de tenerla conmigo. Por lo demás, todavía no me dan ganas de cambiar las cosas. Todavía quiero que sigamos siendo dos (o dos y medio si quieren), todavía quiero sentir a Giulia adentro y saber que está bien –y que yo no tengo que cuidarla para que siga estando bien-, todavía me da flojera (seamos sinceros, también hay algo de esto) cambiar mi rutina, levantarme en las noches, andar por las calles con un cargamento de cosas de bebes, en general, cambiar mi vida para siempre. Aún ni siquiera logro hablarle a mi panza, sólo me comunico telepáticamente con ella (espero que funcione) cuando voy a la clase de yoga o la acaricio cuando siento que se mueve (eso sí, disfruto mucho cuando se mueve, especialmente cuando se ve desde afuera y Alberto puede verlo también). Ni música le he puesto a la pobre (como yo no soy muy musical tampoco). No sé si con el paso de las semanas cambiaré, no sé si al menos le empezaré a hablar pero si estoy segura de que cuando el momento de que Giulia salga llegue, tanto Alberto como yo estaremos listos (o todo lo listos que se puede estar para un evento como este). Por lo pronto, seguiremos disfrutando de ser dos y de tenerla con nosotros en mi panza…

miércoles, 25 de julio de 2012

Poniéndome al día (Parte 2)


Otros de los eventos ocurridos en este tiempo de “silencio bloggero” fue la preparación (y realización) del baby shower. Giulia y yo nos fuimos a Lima y durante varios días nos internamos en la casa de mis papás preparando todo para su primera fiesta. Sólo quiero que Giulia sepa que fue un día lindísimo (de hecho fue uno de los dos únicos días de sol que hubieron en los 14 días que estuve en Perú) y que todo fue preparado con mucho cariño por sus abuelos, su tío Julio (y de paso Gabriel y Carlos), sus tíos Pocho y Pocha, su bisabuela Mora y su mamá (y también su tía Martha que colaboró con la preparación de pompones). Los recuerditos fueron un regalo de Carol y fueron muy apreciados por todos, sobre todo por los niños asistentes que se comieron muy contentos los marshmellows que estaban adentro. Yo descubrí que cierta habilidad para las manualidades tengo, tampoco tanta (como si la tienen mi mamá y mi hermano), pero si alguito. Al menos los topiarios de cintas que eran mi tarea me quedaron lindos (tengo que decir que tampoco eran tan difíciles). Así que, que no les extrañe que hayan topiarios en el próximo cuarto de Giulia.


Giulia hizo una tímida aparición ese día, de no tener nada de panza (o casi nada), ese día pase a tener un poquito más.  Cierto es que la selección del vestuario no fue casual y a propósito me puse algo que hiciera que se note más el embarazo…pero igual, antes del 30 de Junio no se notaba NADA y ese día se notó algo. Giulia sabía que era una fiesta en su honor.

Luego de llegada de vuelta a Budapest, llena de regalos y cositas lindas que compré, me apareció un nuevo motivo de estrés…si, es la de nunca acabar esto de los traumas y los estreses (a mi me habían dicho que me la iba a pasar el embarazo con pánico pero no, yo no estoy asustada por el parto –todavía-, ni por la llegada de Giulia –todavía-, a mí sólo me vienen agobios y estreses felizmente pasajeros). Mi nuevo motivo de estrés era la parte logística de todo esto.

Todo empezó cuando mi querida amiga Jessica, organizadora de otro baby shower, me dijo que estaba empezando a pensar en el asunto y en la organización y me preguntó qué necesito (para que vaya viendo si aquí existen las listas de bebés o para que, en todo caso, haga una lista yo y se la dé). Ahí me di cuenta que NO TENÍA idea de qué necesito. Yo ya tenía la sospecha de que no tenía idea pero antes del baby shower de Lima, siempre que me preguntaban qué me faltada me bastaba con responder “necesito todo porque no tengo nada”  pero la verdad es que no era muy consciente de qué era TODO, sólo estaba plenamente segura de que no tenía NADA. Por alguna razón pensé que luego del baby shower de Lima sabría que necesitaba…pero no, seguía igual de perdida con respecto a lo que necesita un bebe (de hecho, descubrí luego de ver la ropita tan linda que nos regalaron que ni siquiera tenía idea de cómo se vestía a un bebe, quiero decir, qué cosas se le ponen y en qué orden ni cuántas veces se les tiene que cambiar en el día). Lo que sí, aprendí que se necesitan colchas, baberos, babitas, medias, toallas y un montón de cosas que ya tengo porque me las regalaron, pero seguía sin saber sobre todas las cosas que NO TENGO.

Los que me conocen, saben que yo soy la reina de la organización, de la logística y que me encanta hacer listas y cuadros comparativos de TODO en Excel. Esta vez no tenía ni media lista, ni medio cuadro de nada en ninguna parte…y una de las razones básicas era porque no sabía qué poner en mi lista. Una “no madre” no se da cuenta (o al menos no del todo) de la cantidad de cosas en las que hay que pensar ante la llegada de un hijo. Hay un montón de información que procesar, no sólo por el hecho mismo de estar trayendo un hijo al mundo y de estar llevándolo dentro y de todos los cambio físicos, hormonales y de todo tipo que se van dando y que se vienen en el futuro sino que incluso en las cosas más básicas y mundanas hay miles de cosas que tomar en cuenta. Miles de artefactos y chucherías que se necesitan (sin contar que descubrir qué es lo que en verdad se necesita es otro tema porque el mercado te quiere hacer creer que necesitas todo), algunos de los cuales al final también dependen del tipo de madre que quieres ser (por ejemplo de cuál sea tu plan con respecto a la lactancia) y que, por lo tanto, te obligan a pensar también en eso. Es todo un mundo nuevo para quienes no hemos tenido tanto contacto con bebes (en mi caso, hasta había ido no hace mucho a acompañar a una amiga húngara a comprar las últimas cositas que le faltaban antes del nacimiento de su hija, y si, cuando salí de las tienda salí medio traumada con la cantidad de cosas que había que se necesitan pero nunca procesé…hasta que no te toca ser tú la que tiene que comprar como que no procesas…al menos yo no lo hice hasta ahora).

Además, mientras me agobiaba por la lista, me vino también a la mente que hay varios temas que tengo que empezar a discutir con mi médico y que hasta ahora no había tocado (cosas como asegurarme que el hospital en el que voy a dar a luz es el que yo creo, preguntarle si me van a dejar tener a Giulia en el pecho inmediatamente luego del parto, averiguar sobre las opciones de almacenamiento de la sangre del cordón umbilical por si lo hacemos, preguntar sobre las clases prenatales, etc.) y que la fecha para mi posible mudanza se acerca y no habíamos buscado departamento nuevo ni coordinado con la oficina de Alberto. Y así me empecé a acordar de varias cosas más que tenía que hacer y que no había hecho o empezado a pensar si quiera. Y me agobié. Yo que suelo ser bien calma y todo lo soluciono con mis listas, simplemente me agobié. Todo me parecía complicado, ya no quería ni mudarme, ya no quería nada. Una vez más, las hormonas en acción.

Felizmente el agobio me duró poco y, como me dijo mi mamá que pasaría, me calmé, creé mi archivo de Excel y empecé con mis listas. La lista de las cosas de la bebe fue lo más fácil obviamente. A mi auxilio llegaron el file de Excel de una amiga peruana que fue madre no hace mucho aquí en Budapest (file que de hecho ya tenía desde hace meses pero como que no le estaba haciendo caso, primero porque veía lejano lo de tener que preocuparme por esas cosas y luego porque estaba tan agobiada que no me daban ni ganas de solucionar mi agobio…típico de cuando una tiene mil cosas que hacer y se estresa tanto que al final no hace ninguna), mi amiga Gladys de Lima (¡Gracias Gladys!) y obviamente internet. Ya tengo mi lista hecha y ahora que sólo tengo que comprarme lo que me falta estoy mucho más tranquila. ¡Check!

El tema de la búsqueda de casa también lo solucioné relativamente fácil. Aún no tengo casa nueva pero la verdad bastaba con mandar un par de correos electrónicos para que todo empiece a moverse y ya tenemos un candidato bastante fuerte. Así que si la mudanza se da, ya tengo presupuesto para que me ayuden a empacar y desempacar (normalmente lo haría yo pero si me pasa lo que me pasó cuando desempaqué cuando llegamos, que de emocionada quise tener mi casa lista en un día y luego no me pude mover una semana del dolor de cintura, creo que me muero…o Alberto me mata), potencial departamento nuevo, y algunas posibles opciones más en el camino. ¡Check!

Quedaba (y medio que sigue quedando) el tema del médico y lo relacionado al parto. Ahí también me di cuenta que ni siquiera sabía qué es lo que tenía que preguntar respecto al parto. Yo había leído en muchos lados lo del plan de parto y veía que muchas mujeres tienen bastante claro cómo quieren que sea su parto (con un detalle realmente sorprendente), yo no tenía idea. A mí me preocupaba sólo que pongan a Giulia en mi pecho apenas nazca, antes de limpiarla siquiera, que haya epidural a la mano por si decido usarla y que no usen fórceps porque me dan miedo. Luego de eso, para mí la cosa era bien simple: me venían los dolores, iba al hospital y luego de algunas (pocas, esperemos) horas tenía a mi hijita conmigo. Para ayudarme con este tema apareció mi profesora de yoga prenatal, ella me dijo un montón de las cosas que uno puede pedir, que debe averiguar si se pueden hacer en el hospital al que yo voy a ir, etc. Ahora la tengo un poco más clara, aún no se si todo lo que ella me dijo es importante para mí pero si estoy más convencida que nunca de la importancia de lo que estoy aprendiendo en mi clase de yoga. Aunque a este punto todavía no le puedo poner “check” porque es “work in progress” y lo será hasta el último momento supongo pero si estoy más tranquila porque ya sé más o menos por qué camino debo de andar, qué es lo que debo averiguar y ya empecé a hacer una lista y a leer algunas cosas que me están aclarando el panorama respecto al parto (¿ustedes sabía que existía una posición óptima para el feto al momento del parto (más allá de que esté de cabeza)? Pues yo no y ahora ya sé y sé también como ayudar para lograrla y tener un parto corto) y respecto a cómo hacerlo una linda experiencia y no un episodio traumático. ¡Casi check!

Para terminar, les cuento que exactamente el día que cumplí 19 semanas, sentí por primera vez a Giulia en mi panza. No fueron pataditas sino burbujas, como si fueran gases (si, ya se, bien poco romántico) y debo decir que luego si sentí como dos suaves empujones (que Alberto también sintió porque aunque eran la 1:30 de la mañana lo desperté para que sintiera y estar segura que no eran ideas mías y que no me lo estaba inventando). Luego de eso la he sentido algunas veces más, pero casi siempre como burbujas, cosa que es normal a estas alturas y más normal aún teniendo placenta anterior, como es mi caso. Así que estoy esperando ansiosa que se haga más presente…espero sentirla más ahora que oficialmente estamos ya a mitad de camino.  


martes, 24 de julio de 2012

Poniéndome al día (Parte 1)

Muchas cosas han pasado desde la última vez que escribí, incluyendo muchas sensaciones nuevas, preocupaciones, alegrías. La idea hubiera sido hacer un post para cada uno de estos eventos pero entre visitas, preparativos para viajes, viajes, baby shower, jetlag, colapso de lap top, más preparativos para viajes, entre otros, ha sido imposible sentarme a escribir como hubiera querido.

Aunque trataré de ir en orden cronológico (o al menos en algún tipo de orden lógico), hay un suceso que merece ser destacado sin importar el momento en que sucedió: ¡¡¡Es una niña!!!! ¡¡¡Y se llamará Giulia, Giulia Monguzzi Ferradas!!! (¡Qué emocionante! Es la primera vez que digo, escribo y/o leo su nombre completo!)

La noticia del sexo de Giulia vino un poco de sorpresa…aunque en realidad un poco menos de sorpresa de lo que pudo haber sido de no haber tenido una ecografía en la semana 16. Pero vamos por partes y cucharadas.

Creo que en algún momento, en algún post, les había comentado que yo creía que Giulia era en verdad Adriano (así se hubiera llamado de haber sido niño), desde el principio me refería a ella como si fuera él, mi supuesto instinto se sentía aún más seguro porque todo el mundo me decía que era hombre (desde mi abuela que la soñó hombre, pasando por el calendario chino, hasta las amigas y tías/os que tenían cuchumil teorías sobre que si se ve como hombre en la ecografía –en la que yo con las justas le veía forma humana-, que si está muy formado y los niños se forman más rápido, que si se mueve mucho es hombre y así), incluyendo mi doctor que en la ecografía de la semana 12 donde los médicos pueden -con cierto grado de certeza- determinar el sexo del bebe (digo cierto grado porque a esas alturas del embarazo los genitales femeninos y masculinos se parecen mucho) me dijo que le parecía un niño.

La cosa es que saber que no era Adriano sino Giulia me dejó un poco sin piso. Como si de arranque me dijeran (aunque quizás debería decir “recordaran” porque yo siempre he sabido que mi supuesto sexto sentido femenino nunca ha sido muy preciso que digamos) que mi instinto maternal –que seguro deriva del instinto femenino- no está aún calibrado (o de plano no existe). En mi defensa (o de mi instinto/sexto sentido) debo decir que durante todo este tiempo siempre me pregunté (y tengo testigos) si mi idea de que era hombre era realmente por instinto maternal o simplemente por un tema lingüístico (viviendo en un país en el que no sólo no hablan mi lengua madre sino que además hablan húngaro –lengua dificilísima de aprender- comprenderán que paso mis días hablando inglés y como “bebé” en español es masculino, siempre tenía en la cabeza decir “he” en vez de “it” que hubiera sido lo correcto y “he” terminó pasando al español como “él” y así Giulia se convirtió en mi cerebro en Adriano).

Debo ser sincera y decir que he tenido que procesar que Giulia es Giulia (no te resientas hijita). El proceso me ha tomado unos días pero el impase ya ha sido superado con éxito. Como todo, el asuntó pasó por un tema de expectativas, en mi cerebro era un niño…y no sólo eso, de chica yo siempre pensaba que hubiera sido lindo tener un hermano mayor (con la idea de que me cuide…aunque luego descubrí que no importa quién sea mayor, ni qué tanta diferencia de edad haya, un hermano siempre te cuida) y por eso siempre dije que me gustaría tener un niño primero y una niña después. Junto con eso estaba también el punto de pensar (y sigo pensando) que, de alguna manera, los niños son más fáciles que las niñas (pero más aburridos para vestir, ¡eso si!) y que como madre primeriza mejor agarraba práctica con un niño antes de tener un niña. Pero bueno, el shock no fue nada grave, nada que unas cuantas vueltas por tiendas de ropa de niña no pudieran resolver (compras incluidas claro está).

Ahora vuelvo a la ya mencionada ecografía de la semana 16 que hizo que la sorpresa (y, por lo tanto el shock) de saber que Giulia era Giulia fuera menor de lo que hubiera podido ser. Antes de viajar a Lima, o sea el 25 de Junio, Giulia y yo teníamos una cita con el médico, ecografía incluida (como todas las citas con el médico que tengo), y yo tenía la esperanza de que pudiéramos saber qué era el bebe. A pesar de los consejos de mi madre, yo muy segura de que mi hija es una deportista natural y de que estaría haciendo su rutina matutina de ejercicios como la última vez, no comí chocolate antes de la cita para promover que se moviera por el exceso de azúcar. ¿Qué fue lo que pasó? Pues justamente que no se movió. ¡NADA! Conclusión, además de atravesar por unos segundos de pánico -hasta que el doctor me hizo escuchar sus latidos- porque ya me había hecho a la idea de verla saltar como loca (otra vez, yo y mis expectativas), no pude saber en ese momento si era niño o niña (y la premura radicaba en que todo el mundo en Lima quería saber antes de ir al baby shower y, claro, en que yo ya no me aguantaba las ganas tampoco). No sólo eso, sino que cuando le pregunté al doctor si él podía ver algo, me dijo que no y me preguntó si quería saber qué creía. Yo bien contenta le dije “claro, un niño, no?” y me dijo que no, que, él creía que podía ser una niña porque de perfil no lograba verle los testículos: ¡PLOP! Primer momento de trauma/shock (que al menos sirvió para ir haciéndome a la idea).

Por otro lado, para completar mis traumas del día (traumas total y completamente irracionales, lo sé) Giulia estaba como parece es su costumbre, parada y no echada y, para colmo, ya no era tamaño extra large como había sido hasta la ecografía anterior, ahora era promedio (o hasta mas chica del promedio). ¿Cómo se que era más chica del promedio? Porque obviamente mi súper libro y mi aplicación del Ipod lo decían. Cabe precisar que el doctor estaba felicísimo con la bebe y me había dicho que estaba todo perfecto, de tamaño normal, etc…. pero a mí sólo me importaba que no medía 11cm como debía sino 10.67cm.

Salí de la consulta y llamé a Alberto que estaba en el aeropuerto de Milán a punto de tomar su vuelo para regresar a Budapest. Como él me conoce muy bien, inmediatamente sacó que tenía algo y, claro, lo asusté…porque quién se va a imaginar que alguien con dos dedos de frente va a estar nerviosa porque no vió el sexo de su bebe, porque el bebe está parado y no echado y/o porque resulta que tiene 0.23cm menos de lo que debería de tener. NADIE.

Felizmente salí de mi cita a encontrarme con dos amigas que me distrajeron un buen rato (¡gracias Magaly y Katty!) pero ni bien llegué a la casa, por alguna extraña razón, me puse a llorar. En ese momento, el hecho que Giulia no se hubiera movido como antes y que estuviera parada me ponía muy ansiosa, no sé por qué, como si me diera la impresión de que no descansa y está incómoda (¿?). Yo sabía perfectamente que era normal y no quería preguntarle al médico porque no me gusta hacer preguntas estúpidas, y más que estúpidas -porque no hay pregunta estúpida-, no me gusta hacer preguntas de las que yo misma se la respuesta: el bebe tiene mucho espacio en el saco y se mueve y da volantines todo el día y ha sido pura coincidencia que esté parado así, seguro en otros momentos del día está echado (finalmente, cuando Alberto llegó y me puse a llorar otra vez, no me aguanté y le escribí a la enfermera y me dio justamente esa explicación).

Por otro lado, el que ya no fuera el bebe más grande del universo también me ponía nerviosa. ¿Por qué ya no es tan grande? ¿Será que no la estoy alimentando bien? Una vez más, mi preocupación era completamente irracional. Primero que los fetos no crecen al mismo ritmo todas las semanas (lo más probable era que si le hacíamos una siguiente ecografía una o más semanas después otra vez sería más larga del promedio, cosa que además ocurrió) y segundo que ¿quién dice que los bebes más saludables son los más grandes? Alberto, que mide dos metros, nació pesando menos de 3 kilos y midiendo menos de 50cm. No hay relación necesariamente entre el tamaño/peso del nacimiento (o, el de la panza) con el tamaño que el bebe vaya a tener cuando nazca y crezca. Pero uno tiene esa idea en la cabeza de que mientras más grande, más saludable y fuerte, y yo la aplicaba también al pobre bebe en mi panza. En ese momento, aunque si era 100% consciente de la irracionalidad de mis traumas, seguía igualmente traumada…y me sabía todas las explicaciones que contrarrestaban mis preocupaciones, no era que me las había olvidado, las sabía una a una pero igual lloraba. Lloraba porque siendo yo la que tiene a Giulia adentro, es difícil no sentirse responsable por cualquier cosa que le pase o le deje de pasar (en este caso crecer) y, porque estando tan pendiente de lo que como y de no engordar más de lo justo y necesario, me sentí culpable de estar “matando de hambre” a mi hija (cosa también poco probable porque normalmente los bebes se alimentan de la madre y le quitan todo a ella, así que si me estaba faltando comida es más probable que sea yo la que se esté descalcificando y debilitando –cosa que no ha pasado por si acaso-  a que sea Giulia la que no se esté alimentando).

Sobre esto quiero mencionar el hecho que Alberto, a diferencia mía, no tiene expectativas nunca cuando tenemos una cita, sobre nada, no las tenía sobre el sexo del bebe ni las tiene jamás sobre sus medidas porque no lee como leo yo (y eso que leo bastante menos de lo que hubiera pronosticado) y, por lo tanto, él en ningún momento sufrió ningún shock…él siempre se alegra, le basta con saber que Giulia y yo estamos bien (y por lo general siempre pregunta primero si yo estoy bien…al menos por ahora) para estar contento y tranquilo.



martes, 19 de junio de 2012

El primer día del padre de Alberto


El domingo fue el día del padre en Perú (y en Hungría y en la mayoría de países de Latinoamérica) y aunque estábamos en Italia y ahí se celebra el 19 de Marzo, día de San José, como en España, para nosotros, éste fue el primer día del padre de Alberto.


La verdad no tengo mucho que contar sobre este día porque temprano en la mañana Alberto salió de viaje y no lo pasamos juntos mucho tiempo pero quería escribir sobre esto para que cuando nuestro hijit@ lea este blog, sepa cómo fue el primer día del padre de su babbo (como se dice cariñosamente “papi” en italiano).

Alberto no se acordaba que era el día del padre en Perú (aunque si me había escuchado coordinar el regalo que le estaba mandando yo a mi papá) y si se acordó, así como yo en el día de la madre, tampoco lo relacionó mucho con él mismo. Así que cuando abrió el ojo en la mañana y yo –que estaba leyendo en  la cama porque ese día “madrugué”- le pregunté si se había despertado (es una broma interna nuestra, cuando no nos queremos levantar el fin de semana nos preguntamos mutuamente si ya nos hemos despertado y los dos decimos que no aunque estamos con los ojos bien abiertos) él me respondió como siempre que no y yo fui corriendo a sacar de mi maleta la bolsita de su regalo y se lo di. Lamentablemente esta vez Alberto EFECTIVAMENTE NO SE HABÍA DESPERTADO y, como seguía más dormido que despierto, se demoró varios minutos en captar lo del regalo y el día del padre.

El regalo era muy sencillo, era un monedero que él me había pedido no hace mucho para poder separar las diferentes monedas que normalmente “colecciona” en la casa como consecuencia de tanto viaje. Era chiquito, de cuero y azul. Lo más lindo era la envoltura que era plateada y se cerraba con un sticker de una jirafa (como nosotros nos referimos cariñosamente al bebe) en pañal. Adentro puse una tarjetita (con la misma jirafa) que decía “¡Feliz primer día del Padre Babbo! Ti amo!” firmada por el bebe (con los dos potenciales nombres por si el doctor se equivoca y no es lo que dijo que sería).

Conforme pasaron los minutos Alberto se empezó a emocionar más y más y me agradeció muchas veces el regalo durante las dos horas y media que estuvimos juntos antes que nos separáramos por su viaje. Yo, por supuesto, como no podía ser de otra manera en situaciones importantes durante el embarazo, me emocioné hasta las lágrimas (pero esta vez no a sollozos, sólo lágrimas) cuando le entregué el regalo (y por los siguientes 20 minutos, mientras seguía leyendo mi libro).

Fue un día del padre simple, no duró mucho la celebración pero fue significativo para los dos, creo que especialmente para Alberto. Quizás para él ese haya sido uno de los pocos días (u horas) en los que en verdad se ha sentido papá, en los que a él le ha tocado sentir la realidad de nuestra “dulce espera”.

domingo, 10 de junio de 2012

¿Y ahora? ¿Cómo seremos de padres?



El otro día, una amiga que también está embarazada por primera vez me dijo (entiéndase “me escribió” porque nos estábamos mandando mensajes por Facebook) que siempre se preguntaba si sería una buena madre y que por qué no escribía sobre eso. Ahí me di cuenta que no me había puesto a pensar mucho –casi nada- en el asunto y de hecho debería ser una de las cosas en las que más debería estar pensando. Hasta ahora he estado más preocupada por la parte logística de la llegada del bebe (viendo lo del contrato de Alberto, mirando potenciales departamentos para mudarnos, averiguando dónde se compran cosas para bebes en Budapest, qué trámites burocráticos hay que seguir para dar a luz en Hungría, etc.) que por cómo van a ser las cosas cuando ya esté aquí.

Luego de pensarlo un rato (no mucho tampoco) me di cuenta que si no he pensado antes en mis futuras habilidades de madre es porque creo que confío en mi instinto (quizás equivocadamente, tomando en cuenta que nunca he sido muy maternal) y en que, habiendo tenido el ejemplo de mi mamá, seré una madre parecida a ella (con ser la mitad de buena creo que me doy por bien servida). De hecho, para la mayoría de personas el referente más inmediato de cómo ser (o no ser) buen padre son los propios progenitores y por eso el mío es mi mamá y ella siempre me dijo que, como yo, nunca fue muy maternal y nunca le tuvo mucha paciencia a los niños, hasta que fueron sus hijos. Así que si ella, habiendo sido así como soy yo, hizo un tan buen papel, yo confío en que a mí también me salga bien el rol de madre. Además, como nadie nació sabiendo ni es el padre perfecto, estoy segura que iré aprendiendo en el camino (y desde ya le pido perdón a mi hijit@ por los errores que seguro voy a cometer en los próximos años y que sólo serán fruto de mi intención de hacer lo mejor que puedo por él/ella).



Pero el que no haya pensado en qué tal madre seré no quiere decir que no me haya preocupado por otras cosas relacionadas con la maternidad o con la crianza de mi hij@. Hay un tema que me viene dando vueltas en la cabeza incluso desde antes de salir embarazada y que de alguna manera siempre trato de bloquear de mi cerebro (como suelo hacer con las cosas que me generan angustia): el cómo vamos a hacer Alberto y yo para conciliar nuestras diferencias culturales.

En toda pareja, incluso en las más usuales, las de dos personas que vienen del mismo país e incluso de la misma ciudad (a veces hasta del mismo barrio), con la llegada de los hijos siempre hay ajustes que hacer, detalles que pulir. Nunca dos personas han sido criadas de la misma manera y, por lo tanto, hay que buscar (y encontrar) una forma de crianza que satisfaga a los dos padres. En nuestro caso la cosa es aún más complicada. No sólo hemos sido criados de maneras MUY distintas (las personalidades y estilos de nuestros padres son totalmente diferentes) sino que, además, venimos de países distintos y culturalmente pensamos distinto.

A veces parece hasta tonto pero asuntos que una pareja unicultural se dan por descontados o son “obvios” en una pareja mixta como la nuestra no lo son. Por citar un par de ejemplos: en Perú (y creo que en la mayor parte de la América Latina) a las mujercitas se les pone aretes en el momento en el que nacen (o por lo menos salen del hospital con sus aretes puestos, aretes que por lo general son el típico regalo de los abuelos). En Italia (y también en Hungría, por lo que me imagino que es algo generalizado en Europa), no. En Italia ven casi como una mutilación el que a una niña tan chiquita se le pongan aretes y se le haga sufrir luego de lo traumático que ya ha sido el parto. Para ellos, la decisión de ponerse o no aretes debe ser tomada por la niña cuando esté más grande o incluso cuando sea adolescente (una de las amigas de Alberto me contó que se hizo los huecos en las orejas por primera vez a los 15 años, una amiga mía húngara se los hizo a los 20 y mi suegra no se los hizo nunca). Entonces, en el caso que nuestro bebé sea una niña, tendremos que tener una conversación que a las parejas “no mixtas” no se les habría ni ocurrido (de hecho, yo no me había dado cuenta hasta que un día, paseando por Monza con amigos de Alberto, uno de ellos hizo un comentario de sorpresa sobre una niña en cochecito que tenía aretes y ahí me explicaron el por qué de su extrañeza).

Otro ejemplo es el hecho que en Perú (o al menos la gente que yo conozco) los niños le llaman “tío” o “tía” a todo adulto que conocen, ya sean familiares de verdad o amigos de los papás. En Italia eso tampoco es así -cuando recién conoció a mi “familia” (entre comillas porque yo considero familia todos esos tíos que en verdad no lo son),  Alberto estaba confundidísimo porque no entendía nada y no sabía quién era tío de verdad y quién un amigo de familia. Allá, tíos son los hermanos de los padres y de los abuelos, -ni siquiera los primos de los padres (que son considerados también primos)- y, por lo tanto, sólo a ellos se les llama “ti@”.

Y esos son sólo muestras, ejemplos de diferencias culturales macro, hay muchas más que afectarán de manera directa la crianza, el día a día de nuestros hijos. La conclusión es que junto al proceso usual que toda pareja tiene que atravesar en la búsqueda de un sistema de crianza propio, nosotros tendremos algunos “obstáculos” culturales adicionales, obstáculos que además, aunque siempre existen (incluso cuando sólo somos los dos) normalmente se hacen más evidentes en temas y ocasiones importantes (la organización de nuestro matrimonio fue la primera vez que fui consciente de que para nosotros varias cosas iban a ser más difíciles) y que, como pareja, ya más o menos habíamos conciliado (con no pocas batallas) y que ahora tendremos que trabajar en nuestra faceta como padres. Y, para qué negarlo, me da un poco de miedo.

Justo ayer le comenté a Alberto que este tema me estaba atormentando (él no veía tanto problema en el asunto… de hecho, él desde antes estaba convencido de que, como de pareja estábamos tan bien “afinados”, ser padres iba a ser facilísimo… ¡iluso!) y empezamos a hacer una especie de lista de reglas básicas que nos gustaría tener con el bebe (leí que era bueno hacer esto en mi libro de cabecera del embarazo y en otros lados). A pesar de que desde el inicio de la lista empezaron a notarse las diferencias también hubo varias coincidencias que me dieron tranquilidad así que, aunque veo avecinarse varias batallas (cada uno tratando de defender e inculcar al bebe su “italianidad” y “peruanidad” respectivamente), creo que al final no va a ser TAN difícil (o al menos eso espero).